Lanzamiento del Libro / “Nudos Ideológicos de la Constitución”

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Uno de mis escritores favoritos es Orhan Pamuk. Es un escritor turco, que está vivo, tiene recién 65 o 66 años. No es el guionista de ninguna teleserie turca, al menos que yo sepa, pero su romanticismo anda por ahí. Pero, sobre todo, trata con especial profundidad y respeto el choque cultural entre oriente y occidente que él ha vivido directamente. En los diálogos de sus libros uno lee a un occidental como tal, cristiano o secular, y también a un musulmán como tal, de un modo muy auténtico y sin caricatura. Uno de sus grandes temas es cómo preservar la democracia en medio de esas corrientes milenarias y, de hecho, enfrentó un juicio al decir que en Turquía hubo un genocidio del pueblo armenio y una gran matanza de kurdos. Eso está penado allá.

Pero, a pesar de mi admiración y cariño, tengo una gran diferencia con él. En el discurso que dio cuando recibió el premio nobel, el año 2006, decía que el oficio de un escritor es el de alguien encerrado en una habitación, que se vuelve “pacientemente sobre sí mismo” para crear sus personajes y su mundo. Mi experiencia con la escritura es muy distinta a eso.

Es cierto que uno está solo frente a una hoja o un computador, que esa concentración aísla un poco, requiere silencio o –en mi caso- siempre una música que me acompañe. Pero no es un volcarme sobre mí mismo, sino muchas conversaciones simultáneas. Eran conversaciones con los autores que leía y releía, para comprenderlos y descifrar sus ideas. Entender sus motivos, sus preocupaciones y aprensiones. Y entender sus consecuencias. Pero también, créanme, eran conversaciones con muchos de ustedes. A veces era el recuerdo de una conversación, en otras era pensar que diría tal o cuál o cómo debía explicar lo que yo estaba pensando. Muchas veces me decía a mí mismo, “esto tengo que explicarlo mejor, para que él o ella me entienda”. A veces era una diálogo, que fluía bien y rápido y otras era un debate, la necesidad de precisar un punto complejo. Y otras veces, francamente, era decir “este argumento derrota a este carajo”.

Escribir, para mí, fue un modo de estar con muchos de ustedes.

Me impuse un tiempo de distancia y silencio, porque sentí que es lo que debía hacer. Era lo correcto y lo más sano. La política tiene sus rudezas, todos lo sabemos y lo asumimos así.

A mí, sinceramente, nunca me han gustado esos relatos tristes de que la política es una especie de sacrifico, un tipo de cruz que se arrastra por un bien superior. Es cierto, la política exige perseverancia y esfuerzo. También esos ideales y convicciones existen, son reales. El político cínico dura poco, es de corto aliento. Pero siempre he pensado que hay una mezcla más compleja: hay motivos muy profundos; y una pasión, es algo que nos gusta hacer.

En mi caso, en este tiempo no dejé de explorar de dónde viene eso.

En cierto sentido, es como que nunca tuve escapatoria. No es realmente así, porque uno siempre puede hacer otra cosa, pero todo lo que me rodeaba desde chico, todo lo importante para mí y para mi familia, establecía un mandato de hacer algo por Chile. Yo tenía 6 años para el Golpe, soy de esa generación que no tuvimos responsabilidad en el quiebre de la democracia, pero por la cresta que vivimos los efectos de la dictadura!! Mi papá pasó a la clandestinidad y al exilio, mi mamá fue exonerada de la Universidad de Chile, mi abuelo fue torturado en Tejas Verdes, nuestro tío Iván fue detenido y desaparecido desde el año ’76.

Ninguno de nosotros podía dejar de hacer algo por recuperar la democracia y terminar con la dictadura. Todo lo que nos emocionaba tenía que ver con eso. En gran parte, este libro sigue respondiendo a ese mandato. Qué nos queda por superar de la dictadura y cuáles son los rincones desde dónde sigue alimentando sus secuelas.

Cualquiera pensará que también es ambición, y tiene razón, pero es distinta en cada caso. A mí siempre me gustó más influir que aparecer. Por años cultivé el placer de influir sin ser protagonista. Me di cuenta de eso cuando, una vez, el año ’97, trabajé para Sergio Bitar en su discurso cuando el PPD proclamó a Lagos como su candidato presidencial. Fue un acto en la Cámara de Diputados de Santiago. Estaba lleno y, para tener una perspectiva general, me fui al tercer piso de los palcos de la sala. Iba repasando el texto que leía Sergio y tenía la satisfacción de anticipar las reacciones que se generaban. No necesitaba estar leyéndolo para estar contento.

Para mí, ser diputado fue algo distinto. Tenía ganas de entrar a la arena, ser como un gladiador que da peleas. Pero no era el cargo en sí mismo, sino lo que podía hacer. El cambio concreto que se puede hacer. Y, definitivamente, lo que de verdad extraño, es el encuentro con las personas, ese encuentro humano de cada reunión y recorrido. Es el desafío de descifrar personas, indagar sus preocupaciones, sus aspiraciones o sus miedos, entender sus reacciones, sus miradas, sus aprietes de cejas, las sonrisas de complicidad. Es entender modos de vida y modos de pensar. Para mí es un anclaje de vida real, esencial para aterrizar las ideas y no quedarnos en los libros.

Hacer algo significativo por personas que uno conoce y aprende a querer, es muy bonito. Ese vínculo entrañable, con personas entrañables, es insuperable.  

En mi trabajo, por años, hacer análisis político también era un ejercicio de comprensión. Era entender las ideas, tomar en cuenta el carácter de los personajes, profundizar el sentimiento detrás de un movimiento y visualizar cómo podían transcurrir las cosas. Este libro es fruto de esos años de lecturas y estudio. Comprender las ideas para poder dialogar en serio y de buena fe y, sobre la base de entender las preocupaciones sustantivas que están detrás, es también descubrir qué hace posible la democracia.

Entiendo las aprensiones de un conservador, pero cuestiono su idea de que el juicio moral sólo se funda –en el fondo- en la religión. Entiendo el anti-clericalismo de un masón o un liberal, por la pretensión de control que la Iglesia tuvo como poder terrenal, pero eso jamás me llevaría a pesar que la fe no tenga espacio en el debate público. Entiendo el ánimo refundacional de un revolucionario, pero miro la historia y prefiero el camino democrático para hacer cambios sustantivos y perdurables.

Y quiero detenerme aquí en una sola idea política que me gustaría expresar hoy día y que cruza el libro.

Normalmente, buscamos las diferencias que hay entre las ideas, pero vemos poco los vasos comunicantes entre ellas y cómo una época las envuelve o cómo viejas escuelas dejan su estela.

Un amigo me contaba una vez que –en la literatura- algunos sostienen que todo está en la Ilíada de Homero y que lo que se ha escrito después son variantes de esas mismas historias. Y tienen algo de razón: el Ulises de Joyce refiere a eso, el drama de Hamlet tiene raíces similares al de Edipo y Anna Karenina pasa por las mismas penas y estigmatización que Helena. Yo, que soy un fanático de la Guerra de las Galaxias, descubrí un día que George Lucas tenía armada la historia, pero sentía que algo le faltaba, sobre todo en la profundidad de sus personajes, y que eso solo lo resolvió tras escuchar una charla de Joseph Campbell, que se dedicó a investigar los mitos de la antigüedad y es uno de los que sostiene la teoría del mono-mito, es decir, que los mitos griegos, egipcios, vikingos o celtas e incluso los aztecas y de la India y China, son en realidad un mismo mito con adaptaciones y nombres distintos.

Algo similar ocurre con las ideas políticas.

Hegel hizo un bonito relato de cómo el quiebre de Lutero con la Iglesia Católica se transformó en un precursor de la Ilustración moderna. Su tesis de que la salvación no se fundaba en las obras o las donaciones que corrompían a la Iglesia, sino en la sola fe y la gracia de Dios, y que cada cual leyendo la Biblia podía comprender a Dios, abrió un camino que condujo a la idea de que la recta razón sobre lo que es justo y bueno era un acto reflexivo, una revelación que se podía explorar individualmente, que cada sujeto –consciente de sí mismo y en un acto de libertad de conciencia- podía alcanzar esa comprensión. Es decir, esa conexión directa con Dios permitía traducir a norma lo que después se llamaría la ley natural racional. Eso es Kant y el propio Hegel. De esa tradición nace la Declaración de los Derechos del Hombre. Posteriormente, con variantes distintas, es la idea que está detrás del liberalismo y del marxismo: la posibilidad de pensar el bien de un modo secular. Por eso, a nadie le extrañó que después de la caída de los países comunistas, Juan Pablo II dijera que el liberalismo era una de “las ideologías del mal”, porque pretendía reemplazar a Dios.

Desde los años 40 la Escuela de Frankfurt advertía cómo las ambiciones transformadoras de la Ilustración habían derivado en una razón instrumental, en la idea de dominio y poder, respecto de la naturaleza, de las personas y la vida social y política. Sus posibilidades de libertad  eran reemplazadas por una racionalidad técnica que podía dominarlo todo. Era su desazón frente al nazismo, pero siendo ellos marxistas, era también una crítica a la deriva autoritaria de los países comunistas. Si ustedes se fijan en los discursos de Churchill del año ’40, cuando decide seguir la guerra contra Alemania y descartar la rendición, advertía que perder la guerra el mundo se hundiría en “una nueva edad oscura”, que podía ser más siniestra y prolongada “bajo las luces de la ciencia pervertida”. En el libro describo cómo Habermas y Ratzinger convergen en que los actuales desafíos de la ciencia y las revoluciones tecnológicas no deben dejar de plantearnos preguntas morales sobre su uso y destino.

En Chile, el centenario de la Independencia estuvo acompañado, como en parte ocurre ahora, de la sensación de que el país vivía un período de decadencia política, social y moral. Muchos de los escritos y proclamas de ese momento influyeron decisivamente en las corrientes reformistas de los años siguientes. Mac Iver escribía sobre la crisis moral de la república, Encina era un conservador nacionalista que acusaba nuestra inferioridad económica y Recabarren articulaba la organización sindical y política para una revolución en el país. Ese relato común, a pesar de sus orígenes tan disímiles, fueron esenciales en los proyectos de Frei Montalva y Allende. Los grandes proyectos de esa época estaban inspirados en una misma idea base: Chile necesitaba reformas estructurales. A mi juicio, la unidad de la DC y la izquierda desde los años ’80 fue posible por la lucha contra la dictadura, pero más a fondo, tuvo como sustrato esa idea común. Es lo que hizo Frei Montalva en su gobierno y fue lo que Allende simbolizó  en su candidatura del año ’52 contra Ibáñez: su proyecto no era el populismo, sino los cambios estructurales.    

Me detengo en este relato porque desde tradiciones distintas se puede converger en grandes proyectos. Yo entiendo que cada partido o cada movimiento indague sus señas de identidad. Respeto eso. Más aún, lo valoro, porque permite conversar desde ideas sustantivas. Pero también creo que, como en otras etapas de nuestra historia, esos esfuerzos identitarios se están viviendo desde la dispersión. Hay una tentación esencialista que nos está reduciendo y dejamos de ver los vínculos posibles. Nos estamos moviendo más desde la hegemonía que desde la colaboración.

Este libro reivindica la tradición de una izquierda laica, crítica, abierta y atenta a la realidad, que tiene vocación de mayoría y construye acuerdos desde la diferencia. Si miramos la historia larga de la izquierda chilena veremos muchos momentos en que prevaleció el sectarismo y la división, porque cada grupo estaba convencido de que su verdad era única e insoslayable y debía derrotar a los otros grupos equivocados. En el período de la dictadura debatíamos mucho, sosteníamos nuestras diferencias, pero al final sabíamos que teníamos que ponernos de acuerdo si queríamos ganar la democracia. A nosotros nos podrán criticar muchas cosas, pero somos una izquierda que supo ser mayoría.

Yo quiero una nueva Constitución. Y una nueva Constitución es posible y necesaria sobre la base de una convergencia entre liberales-republicanos, socialcristianos y una izquierda democrática. No es el reemplazo de una Constitución ideológica por otra Constitución ideológica que nos guste a nosotros. Eso no solo carece de viabilidad, sino que tampoco permite resolver democráticamente esa herencia de la dictadura. Tenemos que romper esa lógica autoritaria.

Esta es una Constitución hecha para impedir que un gobierno haga reformas como las de Frei Montalva o Allende. Está anclada en los debates de los años ’60. No es una Constitución que nos permita pensar el futuro. Quiere cerrar los debates democráticos, no abrirnos. Tenemos por delante riesgos democráticos evidentes, los estamos viendo cada día. Tenemos que inventar un nuevo desarrollo, porque de nuevo todo cambia alrededor de nosotros. Lo que es justo y sustentable tiene hoy día otras características, que no hemos imaginado. No deja de ser interesante que estemos aquí y a pocas cuadras esté empezando el Congreso del Futuro. Esa es mi invitación.