Homenaje a la Jota, Mi Primera Escuela

Estimados colegas, estimados compañeros de la tribuna.

El pasado 5 de Septiembre la Juventud Comunista cumplió 82 años. Esta fecha tiene un significado distinto este año por una razón singular: después de 41 años, exactamente la mitad de su vida, la Jota vuelve a tener diputados en esta Cámara. Tenemos entre nosotros a Karol Cariola y a Camila Vallejos, como cuando en la Cámara de Diputados del ’73 tenía a Gladys Marín, Eliana Araníbar, Alejandro Rojas y Oriel Viciani.

Las Juventudes Comunistas, a lo largo de su historia, formó a muchos dirigentes políticos y sociales y ha tenido momentos de una gran influencia cultural. Victor Jara, Angel Parra, Patricio Manns, Quilapayún e Iti-Illiamani, entre otros, tuvieron ahí un espacio creativo y de inspiración. Todos ellos, junto a Violeta Parra, Pablo Neruda, María Maluenda y muchos otros artistas e intelectuales destacados del país, fueron también un referente para muchos jóvenes.

Hay una historia larga de momentos y personas muy valiosas, de buena fe, que cultivaban valores altruistas, que se integraron a la Jota con esperanza y entusiasmo. Había mucho por hacer y mucho por lo que valía la pena luchar.

Yo no tengo una mirada objetiva ni neutral sobre la Jota. No podría tenerla. Sólo puedo hablar desde mi propia experiencia y reflexiones vivas, a ratos por cierto apasionadas sobre lo que representa la Jota. Permítanme mezclar relatos y semblanzas.

Ingresé a las Juventudes Comunistas en Mayo de 1983, pocos días después de la primera protesta nacional que fue convocada para el día miércoles 11 de ese mes. Aunque casi toda mi familia era comunista y vivíamos con orgullo y entereza las consecuencias de serlo -porque mi papá estaba exiliado, mi mamá había sido exonerada de la Universidad de Chile, mi abuelo Enrique estuvo detenido en el Estadio Nacional y en Tejas Verdes y a mi alrededor sentía el profundo pero también pudoroso dolor por el hecho de que nuestro tío Iván era un detenido-desaparecido- el impulso de esas protestas y el ambiente de ebullición que se empezaba a vivir fue lo que me llevó a entrar a la Jota.

Pasaban muchas cosas y yo también debía y quería hacer algo. Nunca me imaginé otra opción, lo natural y obvio para mi era entrar a la Jota. Ese era mi mundo. Había que luchar contra la dictadura, sin más. Solo después apareció lo demás, la organización, la ideología, el sentido de la historia, la política y su expresión concreta en la acción.

Cada generación tiene su propio comienzo, su propia motivación vital, y mirarla, volver a ella, creo que siempre servirá para rescatar aquello que nos mueve esencialmente a ser parte de la actividad política. Normalmente, ese primer impulso es intuitivo, se conecta con lo que somos, cómo sentimos y cómo reaccionamos al mundo que nos rodea. Su expresión política, en relatos e ideas, y desde luego en concepciones de mundo o ideologías, conversan con ese impulso.

Las luchas obreras y sociales de principios de siglo marcaron un momento inicial para la Jota, cuando los estudiantes organizados en la FECH fueron parte activa del debate de la “cuestión social” y enfrentaban las tentaciones autoritarias de fines de los años ‘20 y principios de los años ‘30; después, la Guerra Civil española, el Frente Popular, la lucha por la Paz Mundial posterior a la II Guerra Mundial, que entre otros encabezó una mujer notable como Olga Poblete, y el amargo episodio de la masacre de la plaza Bulnes, donde murió Ramona Parra, y la posterior dictación de la Ley Maldita, fue otro período que marcó una época entera; la generación que se formó con Luis Corvalán, Víctor Díaz, Volodia Teitelboim y otros tantos que –diría- eran “viejos sabios”, sensatos y brillantes, creativos y realistas, fue la que en los años ’60 transformó a la Jota en un semillero de movimientos políticos, sociales y culturales, que acompañaron a Allende a La Moneda. De esa generación es Gladys Marín, Mario Zamorano, Jorge Muñoz y poco después Alejandro Rojas, nuestro ex-Diputado Patricio Hales, Ernesto Ottone y otros. A esa generación la conozco bien, porque entre ellos está mi papá.

Otro será el período de la dictadura y otro, con sus propios rasgos, es el que pertenece a ustedes, a la generación actual.

Pero déjenme describir lo que me tocó vivir a mí y porque siento valioso rescatar ese momento.

Con unos amigos formamos una base de la Jota en el Liceo Manuel de Salas, donde yo estudiaba. Al principio éramos cuatro. Nuestra primera reunión fue en una casa en la calle Pedro de Valdivia, cerca de Bilbao, en un pasaje, que tiene una puerta café oscuro que se ve desde la avenida. Cada vez que paso por ahí la veo tal cual. Estábamos todos tensos, porque obviamente era una actividad clandestina. Podía pasar por un encuentro normal de un grupo de alumnos, pero nuestra paranoia era inevitable. Ninguno de nosotros sabía muy bien lo que teníamos que hacer, así es que conversábamos distintas ideas. De repente, el perro –más bien un perrito- empezó a ladrar porque alguien andaba afuera … todos saltamos del asiento como si nos hubieran descubierto. Como no era nada de nada, nos largamos a reír de puros nervios. Después ya no nos asustábamos. Fue el bautizo y, en rigor, pasamos a tener la cotidianeidad de la clandestinidad. Aprendimos a tomar precauciones, un tiempo después un compañero nos enseño las técnicas del “chequeo” para detectar un seguimiento y pasaron a ser automáticas las medidas de seguridad. Hecha esa costumbre, uno se toma con más calma los ladridos de un perrito.

Quizás la etapa más hermosa y estimulante fue cuando comenzamos a formar un Comité Democrático en el Liceo. Ese ya era un grupo masivo y diverso. También nos juntábamos en casas de amigos, debatíamos de política, compartíamos lecturas, le pedíamos ayuda a algunos “viejos” para que nos enseñaran, organizábamos iniciativas. Sacamos un boletín que distribuíamos en las salas, tirábamos panfletos contra la dictadura, nos organizábamos para las protestas, las marchas y los actos. Un amigo, Jesús, propuso hacer un Yo Acuso al Rector del Liceo y nos pareció genial. Lo hicimos, con una lista de denuncias sobre la situación del Liceo y del país. Sólo tiempo después descubrí el J’Acusse de Emile Zola, que fue la notable denuncia de los abusos de poder y la construcción de una acusación injusta contra el capitán Dreyfus, de origen judío, en Francia, en 1894. También después descubriría que ese mismo “Yo Acuso” lo utilizaría Pablo Neruda contra la “Ley Maldita” de Gabriel González Videla, que lo dejaría para siempre con esa mancha.

Lo que quiero reflejar es que era un ambiente de gente despierta, atenta al mundo, con voluntad de poder cambiarlo, apasionada por lo que hacíamos, dispuesta a la acción. Las conversaciones debían ser fundadas, y por cierto ojalá con una cita apropiada. A la distancia del tiempo podemos reírnos de esa pretensión y cierta arrogancia, pero sobre todo yo valoro que nos formamos en un espíritu de rigor, que despreciaba la ignorancia, la superficialidad y la frivolidad. Y la disciplina, muy parecida a la jesuita, de monjes guerreros, se debía tomar en serio.

En ese entonces, Lautaro Carmona era Camilo Contreras, y aún en la clandestinidad la Jota se transformó en una organización fuerte, activa e influyente.

En los años ’85 y ’86 ya éramos una organización más grande. Yo era parte de una dirección regional de estudiantes secundarios. En Santiago, la Jota tenía unos 700 militantes. Nos reuníamos los sábados en la mañana, entrábamos a las casas cada 5 o 10 minutos, a partir de los ocho u ocho y media, para que no se detectara la reunión. Partíamos con un largo y siempre interesante informe político, del cual luego todos debíamos opinar… ¡¡y no tener opinión podía socavar cualquier orgullo!! El que estaba a cargo, como secretario político, era un compañero algo mayor que nosotros. Su “chapa” o nombre político era Pedro. Su estilo tenía el sello comunista típico: severo, exigente, grave y sin aspavientos en las felicitaciones, porque si algo se había hecho bien, bueno, eso era lo que correspondía, no era más que el deber. Al principio nos caía mal a todos, pero con el tiempo le tomamos cariño y de alguna manera nos contagió.

El sabor de la lealtad que había entre nosotros es algo que atesorábamos y que a ratos echo mucho de menos.

Era un tiempo exigente. Teníamos prisa, porque queríamos derrotar a la dictadura. A ratos sentíamos que no avanzábamos, que había una barrera que no superábamos. Ese sentimiento gatilló que muchos de mis amigos quisieran irse al Frente Patriótico Manuel Rodríguez, lo que en varios casos fue un problema, porque era una especie de intromisión del Frente en la Jota. Era un síntoma del quiebre que vendría después.

Otras diferencias políticas, sobre cómo enfrentar la salida de la dictadura después de que no prosperó el “año decisivo”, esto es, que no cayó Pinochet por las movilizaciones del año ’86, empezaron a surgir hacia fines del ’87 y el año ’88. Nos inscribíamos en los registros electorales o no, llamábamos a votar por el No u optábamos por denunciar el fraude. Dar ese paso era lo inevitable o pasaba a ser un entreguismo inaceptable. Créanme que gastamos muchas energías en esos debates. La crisis del socialismo real el año ’89 profundizó esas diferencias. Nuestra propia lucha por la democracia en Chile nos hacía impensable no plantear lo mismo respecto de los países socialistas. En ese contexto, el viejo estilo de la clandestinidad empezaba a ser inútil para contener las discusiones. Esas deliberaciones terminaron en un quiebre. El año ’90 hubo una renuncia masiva de dirigentes, y yo salí entre ellos.

Pero siempre he pensado que si estuviera de nuevo en el año ’83, volvería a entrar a la Jota. Y, para que nadie se ponga nervioso en mi partido, también me volvería a salir el ’90.

Fue una escuela marcadora, muy importante, y al mismo tiempo la formadora del espíritu crítico que a algunos nos llevó a la salida. Algún viejo marxista dirá que es la dialéctica de la vida.

Lo que quiero destacar, más allá de esta historia y de las cercanías y diferencias, es que la Jota fue una escuela esencial para quienes estuvimos en ella.

A mi juicio, la gran aspiración de las izquierdas, en todas sus vertientes, se sostiene en la idea de que el hombre puede dirigir la historia hacia un destino en que los valores más preciados de la humanidad se vuelvan realidad. Los seres humanos, en un acto de libertad, podemos construir un mundo mejor. Esta era la raíz del optimismo antropológico de todas las izquierdas, que movió a miles de personas durante un gran período de la historia. Esa es la historia de nuestra época.

Somos herederos de una izquierda que ha conquistado valores para la sociedad, que ha puesto su sello en lo que hoy reconocemos como lo mejor de la civilización y que transformó el sentido común de millones de personas. Muchos valores que apreciamos y con los que vivimos cotidianamente, son parte de esta tradición que compartimos.